Amanece. Es sábado.Llevaba semanas esperando este día. A pesar de que el tiempo, como venía anunciado en los informes meteorológicos, era lluvioso, nada le quitaba la ilusión que tenía por este fin de semana. La Feria de San Gregorio, celebrada en el barrio de su pueblo, en el que tantas tardes de su más tierna infancia pasó, había llegado.
La feria se celebra en un barrio pequeño, pero en la que viven grandes personas. Un vecindario volcado generación tras generación con esta humilde tradición en la que se rinde homenaje a personas emblemáticas del barrio, a costumbres del pueblo... Aquí nadie queda en el olvido por mucho que pasen los años.
Con más ilusión que cuando era niño, se dirigió con su pareja a la feria.
Siempre escuchó, desde muy temprana edad, que ir a la Feria de San Gregorio y no conseguir un asubío, es como no ir a la fiesta. Además de pasarlo bien y disfrutar con el ambiente festivo del local, ese es siempre uno de sus propósitos en el recinto. No puede faltar tampoco, entre las tradiciones, comprar unas rosca de rexóns, algo de lo que se había asegurado encargándola a la comisión días antes.
Allí, en primer lugar, tras resguardarse de la lluvia bajo la carpa, se encontró con un buen amigo con el que había quedado. Poco después se incorporó su padre. Los cuatro aprovecharon a reponer fuerzas con variedad de tapas (chorizo, oreja de cerdo, tortilla...) y su correspondiente botella de vino con la cual poder brindar por el encuentro y la celebración, antes de que comenzaran las actuaciones musicales. La música, siempre con raíces gallegas, fue la gran protagonista de la tarde noche.
Hacía tiempo que él no se sentía tan pleno, alejado de todo lo gris que recientemente le acompañaba. Gratos recuerdos le quedan de un fin de semana lleno de magia y de gratos recuerdos que le vienen a la cabeza. Volvió a tener en los ojos el brillo de ilusión y alegría. Volvió a sentirse niño nuevamente, sin problemas no tormentas internas.


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