Tiempos de fiesta y disfraces. Llegó el carnaval.
En los últimos años bajó la intensidad en la que vivía esta fiesta, en la cual se las ingeniaba para lucir algún divertido disfraz, pero la incorporación al grupo familiar de un niño pequeño hace que esa ilusión reviva por la ilusión del benjamín.
Música, colores, comparsas y disfraces serían lo habitual en estás fechas, pero este año la situación hizo que se desentendiese de esa costumbre, evitando asistir al primer de los desfiles de la zona. Eso no fue motivo para que precisamente ese día, en el que se desentendió de las masas y la fiesta, se pusiera un disfraz, aunque fuese el único del local al que asistió a pasar la tarde mientras los demás del grupo disfrutaban de la festiva muchedumbre. No sé sintió sólo.
Días después un nuevo desfile. Era día festivo local y esta vez su cuerpo le pedía ser participe del evento. Comenzó el día con energías, con un hermoso paseo para activar el cuerpo alimentándolo de la vitamina D que el soleado y caluroso día ofrecía. Ducha relajante y juntanza familiar a la hora de la comida fueron la antesala de la fiesta.
Llegaron rápido al centro de la ciudad para poder disfrutar de un sitio privilegiado, en una mesa de la terraza de un bar y con vistas a la calle principal del desfile. Poco a poco la calle se iba llenando de gente. Él estaba allí, presente pero ausente, fuera de lugar. A pesar de ello se sentía partícipe de tan alegre fiesta, contemplando a los asistentes luciendo disfraces elaborados, otros no tanto pero sí muy graciosos y las enormes carrozas que protagonizaban el desfile.
Consiguió dejar a un lado sus fantasmas internos y disfrutar de la festividad como solía hacer de costumbre. Sus conversaciones internas ganaron la batalla para dar el paso hacia la normalidad.

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