El tiempo, climatológicamente hablando, es como una montaña rusa. Se acerca el fin del verano y la transición climatológica se va haciendo patente en el transcurso de los días. Sol, frío, lluvia, calor...se alternan verano y otoño varias veces a lo largo de la semana para habituarnos a la estación que se aproxima.
Viene un reto con el cambio de clima, y sobre todo cuando llegue el cambio horario, del que he sido advertido y estoy pendiente, pero noe preocupa o gasto tiempo en pensar en él; las escasas horas de luz y el ambiente más frío, o incluso lluvioso, afectan al estado anímico y psicológico. Estaré atento al aviso, pero sé que me adaptaré bien.
En la última semana he vuelto a salir a caminar. Me he camuflado en la naturaleza para surcar senderos hermosos, que perfectamente conocía, pero que cada día, según la luz o la incisión de los rayos de sol, cambia su aspecto para regalar una nueva visión cada vez que se pasa por el mismo sitio. La magia de la naturaleza.
Para ser gallego, la lluvia es algo que acompaña en la vida desde la niñez, y esa lluvia hace viajar a aquellos tiempos, volver a ser niño. Es por ello que el otoño no me asusta: hay que adaptarse a la estación, abrigarse o ponerse chubasquero para salir a caminar y si hace falta...volver a saltar en charcos como en aquellas épocas.
Embarrarse, mojarse los pies y llegar a casa para disfrutar de una ducha caliente recordando las hazañas del paseo.

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