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Maldiciendo improvisaciones

 

Un nuevo despertar, un nuevo día... una nueva jornada de retos programados a afrontar. Está vez el despertador marcó el momento de salir de la cama para poder cumplir con planes que conllevaban un horario programado que había que cumplir.

Nada más salir de casa y montar en el coche una extraña sensación se apoderó de su pecho. Estaba recorriendo la autovía que a diario cogía para dirigirse al trabajo. La ruta a seguir esa mañana no era a su puesto laboral, pero el destino al que se dirigía compartía gran parte de ese trayecto. Pasado el punto de bifurcación habitual sus pulsaciones se relajaron y si cabeza consiguió volver a estar en sintonía con la frecuencia de radio que iba escuchando, que hasta ese momento era un simple ruido de fondo con contenido ininteligible. 

Después de la comida, cuando se disponía a realizar la actividad física habitual desde el inicio de su propia auto-terapia, recibió una llamada telefónica pidiendo ayuda y aportando malas noticias en cuanto a la salud de un familiar de primer grado. Lo que le preocupó, tristemente, no fue la noticia en sí, ni la petición de ayuda; le incomodó no poder hacer la actividad que en su cabeza estaba programada. A pesar del contratiempo y el disgusto, cumplió con la petición de su progenitor, quién había realizado la llamada telefónica, cumpliendo con los cánones sociales marcados de buena educación. Algo dentro de él sabía que eso era lo correcto, lo que le atormentaba era la situación que sabía de antemano que se aproximaba: compartir con su padre un trayecto que sería un monólogo y en el que no podría participar. No podría desahogarse de su ansiedad, algo tabú en su cultura familiar, pues ello, a pesar de que conocen su existencia, es algo sin importancia a no ser que lo padezca alguien fuera del círculo doméstico. Todos son más importantes si no son de la familia.

Los compromisos familiares llegaron a su fin y media tarde de encontraba sólo, sentado en su coche, debatiendo contigo mismo qué destino tomar: dirigirse a su bar habitual a enfrentarse a un encuentro social con amigos donde el alcohol estaría presente, o recuperar los pasos pasos perdidos que tenía programados. Inesperadamente, en ese momento de dudas, sonó el teléfono. Era su pareja a interesarse por la evolución de su tarde y proponerle un plan para cuando ella terminase su jornada laboral, unas horas después. Esa llamada resolvió todas sus dudas.


Se dirigió directamente a casa y se puso ropa cómoda de deporte para salir a caminar y realizar una ruta más corta de lo que tenía pensando a principios del día, antes de que apareciesen las vicisitudes familiares por sorpresa. Al final de ese paseo llegó el momento de acudir a la cita de su otra duda en el asiento del coche: interactuar socialmente en el bar de costumbre con los clientes y amigos habituales. 

La comitiva de bienvenida en el bar era la esperada, con el aliciente que esa noche era día de partido de competición europea. Él no es muy seguidor del fútbol, aunque simpatice con algún equipo, no suele consumir ese contenido.

Arrancó la sesión con la fuerza mental de los días previos, cuando se ponía a prueba acudiendo voluntariamente y sin compañía, pidiendo un té verde con hielo y limón, mientras se encontraba rodeado de cervezas y licores. Poco duró esa fortaleza y se convirtió en el cliente que era días atrás de su reciente diagnóstico, trago a trago, alternando cervezas y algún chupito entre ronda y ronda.

Al final del día, cuando llegó a casa de madrugada y se zambulló en cama con más pena que gloria, no era consciente del malestar emocional que tendría a la mañana siguiente al despertarse, junto a la debilidad psicológica que parecía decirle que no es lo suficientemente fuerte como él se considera que es.

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